domingo, 12 de noviembre de 2017


A vista del 155

Una y otra vez me preguntan en Euskadi cuál es el ambiente que se vive en el foro madrileño: qué se escucha en los corrillos de los pasillos, cómo es la relación que tenemos con representantes de otros partidos o qué se respira por allí. Tengo que reconocer que convivir con la política capitalina no es fácil, menos en el Senado, un parlamento maniatado por la mayoría absoluta del PP y con escaso interés para los grandes partidos. Una cámara territorial que, en realidad, no ejerce como tal.

En cualquier caso, paso muchas horas viendo y analizando actitudes desde la atalaya del 155. Lo digo así porque, ironías de la vida, ese es precisamente el número del escaño que ocupo en la Cámara Alta. Desde allí he contemplado todo tipo de gestos, desaires y poses de dudoso gusto. En líneas generales, prima la falta de rigor a la hora de abordar los problemas que se tratan, más allá del artículo 155 que ha acaparado la atención desde el fatídico 27 de octubre en que se debatió y autorizó su aplicación.

Ese día asistí preocupado a momentos inquietantes, que rozaban lo patético. El Senado, deshonrando su esencia de cámara de representación territorial, aprobaba sin rubor una decisión excepcional y extrema que suponía negar la capacidad política de autogobierno a las instituciones de Catalunya. La Cámara Alta adoptaba, en cuestión de horas, una decisión de gran trascendencia histórica y política que suponía herir en lo más profundo el honor y orgullo de la sociedad catalana.

Fue un día de honda tristeza desde el punto de vista personal, pero también desde la óptica institucional y política. Un día cuyo recuerdo perdurará durante años, condicionando las relaciones políticas futuras. Un día triste porque no es de recibo contemplar a representantes electos del Partido Popular, puestos en pie, prorrumpir en aplausos ante esta decisión. No puedo entender que se ovacione al Presidente del Gobierno español cuando anuncia el cese del President de la Generalitat elegido por la ciudadanía catalana en unas elecciones democráticas. Sentí tristeza, desilusión y vértigo por la frivolidad con que se vitoreaba una decisión que en modo alguno representa los valores de la cultura democrática.

Sentí un profundo desasosiego, consciente de que los aplausos alentaban una fractura muy difícil de recomponer. Desde mi escaño, argumenté la ilegalidad e inconstitucionalidad de la medida, porque afecta al principio de autonomía política, socava los cimientos del Estado democrático y altera el sistema de equilibrio de poderes y su separación. El artículo 155 contraviene el Estatuto de Autonomía y la propia Constitución, que tanto afirman defender. Critiqué la decisión por discrecional, desproporcionada y, por lo tanto, injusta. Quise dejar constancia de que suponía, en realidad, la suspensión de la Autonomía de Catalunya, como así ha quedado demostrado. Insistí en que una decisión de este calado solo se podía adoptar tras la declaración del estado de alarma, excepción o sitio, algo que no se había producido. Sugerí que las medidas eran, en realidad, un castigo a Catalunya.

Pero el PP no quería escuchar, no quería dialogar ni entender, y menos acordar. Solo quería imponer una decisión excepcional por la vía rápida. Mi pesadumbre se acrecentó con la actitud del PSOE, acompañante acrítico en este viaje a ninguna parte. Me apenó ver a los socialistas acomplejados, ocultando la cabeza bajo el escaño. No encuentro sentido a su actitud, y menos aún cuando tras aprobar la aplicación del 155, Pedro Sánchez afirma que “no hay soluciones penales para problemas políticos”. Es una obviedad, pero carece de crédito en boca de quien no ha hecho nada para evitar las vías penales, sino todo lo contrario, y se ha manifestado incapaz de encauzar una vía de solución política.

En el debate, me llegó al alma que los representantes del PP utilizasen el Nuevo Estatuto aprobado por el Parlamento Vasco, el denominado “Plan Ibarretxe”, como ejemplo a seguir. No podía dar crédito a lo que estaba escuchando. Pretendían consolidar el argumento de que en democracia cualquier idea se puede defender a través de la palabra y con respeto a la ley. Lo que se les olvidó decir a los “trileros” del Grupo Popular es que dieron un portazo a aquella propuesta, que ni siquiera admitieron a trámite. No quieren escuchar, no quieren asumir la realidad, pretenden ocultar la evidencia de que las realidades nacionales vasca y catalana existen, que las voluntades sociales mayoritarias se expresan de forma diferenciada en Euskadi, Cataluña y el Estado. Mientras no acepten, asuman y comprendan esta realidad no se resolverá este problema de estricta naturaleza política.

La vida sigue y también la actividad parlamentaria en el Senado, donde el desafuero del PP no tiene límites. Esta semana han aprobado una moción en la que se felicita a la Guardia Civil y a la Policía Nacional por su “maravillosa” actuación el día 1 de octubre en Catalunya. Parece una broma de mal gusto, pero es algo mucho peor porque, en realidad, pone de manifiesto que la obsesión del Partido Popular por modificar la realidad no tiene límites. No les ha importado que los medios de comunicación internacionales recogiesen las noticias de aquel vergonzoso día con preocupación, ni que los líderes políticos de toda Europa mostrasen su enfado por la inusitada violencia con la que actuaron ambos cuerpos policiales.

Siento mucha tristeza, porque tanto el PP como el PSOE cierran los ojos ante la evidencia de lo que ocurre en Catalunya. En estos momentos, ambos gobiernan a merced de la presión de los medios de comunicación. El mismo 2 de octubre, el PSOE presentó una iniciativa en el Congreso para promover la reprobación de la Vicepresidenta del Gobierno entendiendo que era la responsable de la indefendible carga policial del día anterior, pero semanas después la ha acabado retirando, permitiendo la aplicación del 155 y votando, además, afirmativamente el apoyo a las fuerzas de seguridad del Estado. Por si fuera poco, ha terminado acordando con el PP unos incrementos retributivos que venían reclamando estos cuerpos policiales durante más de una veintena de años. Lo que la política española no había conseguido, lo ha logrado en tiempo récord la política catalana. En este contexto, si esto no es un premio por su actuación el día 1 de octubre, se le parece mucho, demasiado.

En definitiva, estas semanas hemos vivido unos debates en los que la política catalana ha importado bien poco. Lo que verdaderamente ha preocupado ha sido obtener una buena foto de cara a las próximas elecciones, en la que tanto el PP como el PSOE y Ciudadanos se mostrasen ante la ciudadanía española como los adalides de la sacrosanta unidad española y como el  partido que con más rigor aplica el artículo 155. Poco, por no decir nada, les ha importado buscar una solución sincera para Catalunya. Este miércoles he tenido la oportunidad de hablar con el señor Montilla, anteriormente President de la Generalitat, que me transmitió su gran preocupación por la fragmentación social y por las repercusiones negativas en la economía. He coincidido también con quien fuera líder de Uniò, el señor Durán i Lleida, también preocupado por lo que ocurrirá en los próximos meses. Veremos qué pasa pero, desde la atalaya del 155, no observo en los grandes partidos el giro radical necesario para recomponer las relaciones, establecer un diálogo con auténtica voluntad de acuerdo e iniciar una nueva etapa con el realismo, la responsabilidad y la altura de miras que el problema de fondo de la crisis del modelo de Estado exige.


Mi artículo de opinión, hoy en Grupo Noticias.
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